LENNON 26

“TODO LO QUE NECESITAS ES AMOR”

El próximo Jueves 7 de diciembre de 2006 se realizará en Hermosillo la segunda edición del Festival artístico musical en homenaje a John Lennon –el líder y fundador del grupo británico de rock The Beatles y autor de un gran número de canciones reconocidas mundialmente– con motivo del 26 aniversario de su asesinato.

En esta ocasión, el evento LENNON 26 “TODO LO QUE NECESITAS ES AMOR”, tendrá como escenario el Teatro Emiliana de Zubeldía, en el Museo y Biblioteca de la Universidad de Sonora a partir de las 19:00 horas (7 p. m.). La admisión general será de solamente $30.00 (treinta pesos m.n.).

Entre los músicos que ya han confirmado su participación estarán:

Ataque FDD
Beatson
Big Bang
Buena Vibra Social Sound
Chico Var
Daniel Camarena
Hey Bulldog!
Julia Cabrera
Elmmo
Jorch Mono
Leo Mohicano
Rex
Skirla
Stretto
Tashne Blues Banda


CYNTHIA LENNON

Los platos rotos de los sesenta
Fue la esposa de John Lennon durante prácticamente toda la existencia de los Beatles. Maltratada en las biografías del grupo, Cynthia Lennon ha escrito ‘John’, un libro sincero donde se cuenta la historia ejemplar de una chica tímida casada con el más carismático del grupo de Liverpool
DIEGO A. MANRIQUE
EL PAIS SEMANAL - 12-11-2006


"Él únicamente fue libre a mi lado, cuando dejamos Liverpool. Luego cayó en manos de una manipuladora, Yoko Ono". (TOLO RAMÓN)
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Es temporada baja en Mallorca, pero nadie lo diría; el asombrado visitante encuentra embotellamientos, precios europeos y un sol agresivo. Sin embargo, en la boscosa urbanización de Calvià donde vive Cynthia Lennon reina el denso silencio de los ricos: nadie camina por las calles, no circulan coches. A su residencia, rústica y abigarrada, se asciende entre vegetación y estatuas de jardín.

Se intuye que habita más gente en la casa, pero es Cynthia (Blackpool-by-the-Sea, Reino Unido, 1939) quien atiende directamente a los moscones de la prensa. Nada de protocolos, nada de temas vetados. Sonriente y alerta, hoy parece una Marianne Faithfull vestida de hippy, una comparación que le complace –“pero yo nunca fui tan salvaje como Marianne; pobrecita, acaban de detectarle un cáncer de mama”–. Ella encadena con deleite los cigarrillos Royal Crown y mira burlona el despliegue del equipo del fotógrafo y el periodista. Nos instalamos en un mirador con vistas a una cala plateada. Cynthia se arranca antes de sacar el cuestionario: “Me siento obligada a contar mi versión de lo que ocurrió entre John y yo. Han salido centenares de libros sobre los Beatles donde yo soy descrita como una tontita, una provinciana de Liverpool a la que John tenía que dejar inevitablemente. ¡Hey, yo estudié arte, era una mujer culta, cocinaba muy bien! Lo indignante es que los autores de estos libros nunca nos conocieron entonces. Algunos hablan conmigo, pero luego ves que no sirvió para nada, que mantienen sus ideas preconcebidas”.

¿Hay algún tomo sobre los Beatles que le merezca respeto?

Quizá los de Ray Coleman. Aquí hay una habitación llena de esos libros y apenas he hojeado algunos. Cualquier libro tiene un grano de verdad, pero… Yo recuerdo lo que viví, aunque puedo entender que alguien compare mi visión de lo que ocurrió con la de otras personas. En Anthology, los cuatro ofrecían una especie de biografía oficial, pero no se escuchaba la voz de las personas que vivieron a su lado. Por eso es bueno que Patti Boyd [esposa de George Harrison, luego casada con Eric Clapton] explique sus vivencias. La hermanastra de John, Julia, también tiene preparado un libro muy emocionante. Si esto fuera un rompecabezas, yo diría que tenemos casi todas las piezas.

La imagen de John ya sufrió el purgante de la biografía ‘desmitificadora’, a manos de Albert Goldman.

Una sarta de mentiras e interpretaciones maliciosas. Te lo dice alguien que estuvo allí. Yo lo vi venir, había leído el veneno que escribió sobre Elvis. Cuando supe que Goldman murió en el retrete de un avión no sé si me alegré, pero sí pensé que era perfectamente adecuado: yo creo en la justicia cósmica.

En realidad, ya intentó reivindicarse en 1978, con A twist of Lennon, un tomo bastante ingenuo cuyo principal encanto fueron los dibujos de Cynthia. Ella ilustró hasta los momentos embarazosos, como cuando, enfundada en medias de malla y minifalda, esperaba a John en las calles de Liverpool y era confundida con una totty (prostituta) a la pesca de clientes: “John estaba colgado de Brigitte Bardot y yo intentaba parecer una bomba sexual. Pero no era nada de eso: me perdía mi timidez”. John y Yoko declararon su intención de parar la publicación de A twist of Lennon, pero, con el libro en las manos, no encontraron motivos para acudir a los tribunales: conscientemente, Cynthia se calló las situaciones más truculentas, que ahora salen a la superficie en su nuevo libro, John.

“A twist of Lennon fue mi mensaje tranquilo a John. Normalmente, cuando una pareja se separa, lo hace tras muchas discusiones. No fue nuestro caso. Yoko le sacó de mi vida y no tuve oportunidad de explicarme…, ni de oír sus explicaciones. Incluso cuando ya estábamos divorciados y yo viajaba a Estados Unidos con Julian, John no quería hablar, evitaba quedarse a solas conmigo. Era terrible el poder que Yoko tenía sobre él”.

En ambos libros, usted desmitifica a la famosa tía Mimi, la mujer que crió a John.

Ella presumía de madre benevolente, pero la realidad es que era dominante, cruel, nada predispuesta a dejarle expresarse. La veo como una madre castradora, que dejó a John muchos traumas. Creo que él únicamente fue libre a mi lado, cuando dejamos Liverpool. Luego cayó en manos de una tía Mimi de la vanguardia, una manipuladora conocida como Yoko Ono.

Eso suena demasiado freudiano…

No, hasta Yoko reconoció que eran muy similares. Mimi adquirió la custodia de John tras amenazar a su hermana con denunciarla como una mujer promiscua, que no vivía con su marido legítimo. Ahora, ¿qué tipo de persona separa a una madre de su hijo? La misma clase de mujer que se lleva a John a vivir a Nueva York para alejarle de su hijo y de su vida anterior.

En su libro revela que le costó ser aceptada por John y sus amigos debido a su reputación de chica pija.

¡Una estupidez! Se suponía que por venir de Wirral, donde vivía la clase más acomodada, yo era una pija. Pero lo que más nos diferenciaba era el acento: para ellos, eso significaba que yo iba de esnob. Así que aprendí a hablar scouse como ellos. Julian [el hijo de Cynthia y John Lennon] no ha vivido nunca en Liverpool y le sale un acento scouse perfecto. Si quisiera, habría sido un buen actor, igual que John.

Volando hacia Mallorca, el reportero ha leído que Michael Caine interpreta a un hippy porrero en Children of men, la nueva película de Alfonso Cuarón. Asegura Caine que construyó su personaje a partir de sus recuerdos de John Lennon, al que trató en los sesenta.

“Teníamos mucha relación con los profesionales del cine: eran más ingeniosos y sociables que los de la música; si te invitaban a cenar, sabías que la comida, la bebida y la conversación serían excelentes. Además, nos trataban de igual a igual, no les impresionaban los discos de oro de los Beatles. Por otra parte, no sé si John se merece ser destacado como drogota. En general, consumía las drogas en casa. Podía fumar marihuana entre amigos, en algún lugar privado; pero eso no era nada raro. Quiero decir que en Londres, en aquel tiempo, la gente in estaba experimentando con todo tipo de sustancias. ¿Se acuerda de Donovan? También pasa temporadas en Mallorca. Bueno, pues en Mellow yellow recogió aquel rumor de que las pieles secas de los plátanos podían ponerte en órbita, y se lo creyó tanta gente que las compañías bananeras bajaron en Bolsa; los inversores pensaron que se iba a prohibir su venta”, comenta Cynthia.

Las drogas ¿fueron decisivas en el deterioro de su matrimonio?

Por naturaleza, yo desconfiaba de las drogas y de los oportunistas que las utilizaban con segundas intenciones. Algunas noches terminábamos en casas de desconocidos que intentaban colocarnos para que participáramos en una orgía. Yo era la única en advertir que a veces había una cámara escondida o un micrófono que no tenía explicación. Tiraba de John, y al día siguiente él se daba cuenta del riesgo que habíamos corrido y me bendecía por mi paranoia. Yo podría presumir de que renuncié a las drogas por mantener el hogar y cuidar de Julian, lo cual es cierto, pero nunca me sentaron bien: mis viajes con LSD resultaron aterradores.

¿Se podría decir que su matrimonio fue una víctima de lo que se llamó el ‘swinging London’?

Tengo recuerdos imborrables de aquellos años, fue como si la vida pasara del blanco y negro al tecnicolor. Desde luego, no reniego de la libertad que conquistamos. Pero también urge mencionar que esa libertad se utiliza hoy de un modo muy irresponsable. No me alegra saber que crecen millones de niños criados por madres solteras. No me parece bien que haya tanta indisciplina en los colegios. No me gusta el vandalismo de las noches del sábado.

A pesar de que corría el año 1968, no hubo mucho peace and love en la disolución del matrimonio Lennon. Convencido de que Cynthia había participado de la promiscuidad general, extremo que ella niega con horror, John contrató detectives para conseguir evidencias de su infidelidad; algunos de los amigos mutuos se convirtieron en espías al servicio del beatle. Finalmente, al hacerse público el embarazo de Yoko, los abogados pactaron que Cynthia alegara el adulterio del músico como causa del divorcio. Económicamente, John luchó con uñas y dientes, saliéndose con la suya: Cynthia se conformó con 100.000 libras y una modesta cantidad anual para la educación de Julian. Ringo Starr, cuya fortuna empequeñecía al lado de la acumulada por John, fue más generoso cuando rompió con Maureen. En los años siguientes, la ex sufriría regularmente los números rojos en la cuenta bancaria. Se ganó la vida dirigiendo restaurantes, diseñando ropa y, brevemente, como presentadora de televisión.

Hay algo que choca en su libro. Y es la impavidez con que el resto de los Beatles contempla su divorcio de John…

Me dolió en aquel momento, pero luego lo he entendido: ellos también estaban divorciándose de John. Además tenían mentalidad de pandilla, llevaban diez años juntos: giras, grabaciones, películas… En su mundo laboral, las mujeres éramos intrusas, rara vez nos dejaban ir con ellos. Por machismo o por espíritu de equipo, no podían manifestar sentimientos por las esposas de los demás. Bueno, eso cambió: George [Harrison] llegó a tener un lío con Maureen. Todas nos reímos mucho cuando lo supimos.

La excepción fue Paul McCartney, que sí se acercó a visitarla. E incluso llevó a Julian una canción, ‘Hey Jules’ [posteriormente universalizada como ‘Hey Jude’].

No sé si Paul era el más humano, pero sí el que sabía tener en cuenta los sentimientos de otras personas. Muchos años después, yo andaba mal de dinero y tuve que vender mis recuerdos: me dolió especialmente desprenderme de unas cartas que me había mandado John. Paul hizo gestiones discretas, compró de nuevo las cartas y se las regaló a Julian diciéndole: “Para que sepas cuánto quería John a tu madre”.

¿Hubo gente que se distanció de usted por miedo a enemistarse con John?

Recuerdo algunos gestos feos. Le pedí a George Martin [productor de los Beatles] que buscara un trabajo de aprendiz para Julian en su estudio. Julian siempre ha sido muy bueno con las máquinas y pensaba que estar allí sería positivo para su evolución musical. No quería que le diera un puesto de responsabilidad, bastaba con que le contratara como el chico para el té…, y Martin no quiso saber nada.

¿Ve allí la mano larga de Yoko?

Tal vez no directamente, pero es una mujer que tiene mucho poder, controla la cuarta parte del legado de los Beatles. Puede facilitar o hacer más difícil la realización de muchos negocios. Por ejemplo, ahora lanzan Love, que es el disco de la música del último espectáculo del Circo del Sol en Las Vegas. Creo que son reconstrucciones de grabaciones de los Beatles y están hechas por George Martin y su hijo, Giles. Quizá, se me ocurre, Julian hubiera podido aportar algo valioso…

¿Puede decirme alguna cosa buena de Yoko Ono?

[Mirada de incredulidad]. ¿Habla en serio? Lo mejor de ella es cuando baja la guardia, cuando no tiene oportunidad para mostrarse hipócrita. Al día siguiente de morir John me prohibió ir a Nueva York: “No eres una vieja amiga mía del colegio, Cynthia”. Aparte de que Julian estaba destrozado y tuvo que volar solo, entendí que se posicionaba como la única mujer en la vida de John, que estaba dispuesta a manipular la historia. Pero ¿sabe una cosa? No la tengo envidia. Yo no necesito vivir con guardaespaldas, mis amigos son de verdad, no me dedico a buscar pelea con Paul. Y noto mucho cariño de toda la gente que creció con los Beatles.

El pasado verano, Cynthia fue la invitada de honor de un curso de verano en España, Los Beatles, su música y su tiempo, que desarrolló la Universidad de Almería. Ella pisó aquella ciudad en 1966, cuando John rodaba en sus alrededores Cómo gané la guerra, la película antibelicista de Richard Lester.

“Lo del curso fue una situación extraña. Me dejó muy descolocada que mi conferencia se celebrara en un banco [en realidad, el Aula de Cultura de Unicaja]. Vaya trago, yo no estoy acostumbrada a hablar sin un cigarrillo. Me llevaron luego a una comida estupenda, pero allí estaban los políticos, tanto de izquierdas como de derechas, hablándome de los Beatles”.

¿Qué hubiera pensado John?

Bueno, en un evento así hubiera sacado toda su mordacidad. O no: le hubiera encantado que se recordara aquella película. La verdad es que lo pasó mal durante aquel rodaje. Era la primera cosa que hacía en solitario, sin los chicos, y temía no dar la talla; estaba con grandes actores: Michael Crawford, Lee Montague…

¿Llegó a visitar el chalé en el que se alojaron hace 40 años?

Sí, Santa Isabel. Está muy deteriorado, pero recordé cómo se llegaba hasta nuestra habitación. Fue uno de los momentos más surrealistas que yo he vivido: iba andando por unas ruinas mientras me seguía un cortejo de políticos, periodistas y profesores universitarios. ¡Qué preguntas me hacían! “¿Hacia dónde estaba orientada vuestra cama?”. “¿Qué había en el cuarto de baño rosa?”. “¿Encendíais la chimenea?”. Me explicaron que pensaban restaurarlo y convertirlo en un museo, dedicado no sé si a John o a todo el cine que se rodó en Almería. Es una buena idea, pero me pregunto si reaparecerán los fantasmas que nosotros sentimos alguna noche.

¿Fantasmas?

Sí, nos contaron que allí hubo un convento. Y que las monjas se aparecían a los inquilinos. Aunque a mí me impresionaba más ver por la calle a tantas mujeres vestidas de negro.

En aquella mansión almeriense, John compuso ‘Strawberry Fields forever’. Que fue, aparte de ‘Penny Lane’, la única canción rescatada de un proyecto de los Beatles nunca terminado, el disco dedicado a Liverpool. No se evitó que la gente de Liverpool se sintiera abandonada por los Beatles. ¿Era comprensible ese desapego del grupo por su ciudad natal?

No estoy de acuerdo. En Liverpool, todo el mundo comprendió que nos instaláramos en Londres. ¡Nadie que haya soportado los inviernos de allí nos lo puede reprochar! Y Liverpool llevaba décadas de decadencia. Un hundimiento que ahora se ha parado, en parte gracias a los Beatles. Ahora, el aeropuerto lleva el nombre de John. Y Paul ha montado allí su instituto, donde se enseña música y artes escénicas.

Liverpool tenía reputación de ser una ciudad muy roja: el Ayuntamiento llegó a estar controlado por los trotskistas, incluso en tiempos de Margaret Thatcher. Siempre se ha especulado sobre una posible simpatía de los jóvenes beatles por el marxismo: hay teorías conspirativas que les explican como marionetas del KGB…

“¿Lo dice por Back in the USSR? Era una broma sobre los Beach Boys y su americanismo; yo estaba con Paul en la India cuando se le ocurrió. No, la única política que les interesaba era la política de la diversión. Nacimos en plena guerra, cuando la Luftwaffe machacaba Inglaterra noche tras noche. Pudimos sobrevivir y nos beneficiamos luego de oportunidades educativas que nuestros padres ni pudieron soñar; se eliminó el servicio militar y la pena de muerte. Comparada con la actual, era una vida un tanto espartana, pero no sentíamos grandes carencias.

Pero no toda la gente de Liverpool tuvo tanta suerte…

Había muchos comunistas, aunque estaban en los sindicatos, y nosotros éramos más o menos de la clase media. En realidad, da un poco de vergüenza nuestra ingenuidad ideológica. No sé quién tuvo la muy loca idea de comprar una isla griega e instalarnos todos a vivir juntos. Y tardamos tiempo en darnos cuenta de que los Beatles no debían convivir con un régimen militar como el que entonces mandaba en Grecia.

¿No se hablaba nunca de política?

No, hasta que nos politizó la guerra de Vietnam, que nos resultaba aberrante. En Inglaterra eras conservador o laborista por una serie de circunstancias que tenían que ver con el barrio en el que habías nacido o por tu profesión. No se hablaba de ello ni cuando llegaban las elecciones. John siempre manifestaba su desprecio por los políticos.

La conversación se interrumpe bruscamente: nos asedia una fugaz ventolera que vuelca tiestos y vasos; los adornos asiáticos que cuelgan del techo empiezan a chocar en una cacofonía de percusión. Cynthia está habituada y ayuda a recoger los desperdigados papeles del periodista –“estos vientos tienen un nombre especial, pero nunca he sido capaz de aprendérmelo”–. Fiel al tópico, Cynthia habita en una burbuja: no habla castellano o mallorquín, no está al tanto de los debates que sacuden a los españoles.

“Sí, ya sé que debería estar más informada sobre lo que me rodea. Pero esto es el paraíso para mí. Aquí he encontrado una felicidad que creía ya no podría recuperar. A Mallorca vine por mi hijo. El hombre que ahora es mi marido, Noel Charles, le presentó en Barbados a una chica inglesa, Lucy, cuya familia vivía aquí. Cuando la relación avanzó, se instalaron en Mallorca, y Julian me propuso vivir a su lado. Soy su mejor amiga, aparte de su mommy querida”.

¿Está Julian aquí?

No, anda por Londres rematando un nuevo disco. Creo que será el definitivo: si no funciona, debería dejarlo. ¡Ya tiene 44 años! Pero sería una tragedia, hay tantas cosas que quiere comunicar…, y el mundo no se entera. Es escalofriante: en sus letras se acerca a las mismas preguntas que se planteaba John en sus últimos tiempos.

¿Tan pesada es la carga de ser hijo de John Lennon?

Bueno, yo le ha dado una salida. Le digo que, cuando salga de promoción y le pregunten por John, por Yoko o lo que sea, les recomiende el libro de su madre. Allí está todo lo que Julian vivió. Es triste que no tuviera suerte con su padre. Cuando yo di a luz, John pasó por el hospital, le hizo unas carantoñas y anunció que se iba de vacaciones a Barcelona con Brian [Epstein, representante del grupo y gay notorio]. El famoso viaje con el que tanto se ha especulado.

Julian tuvo un despegue muy rápido [con ‘Valotte’, en 1984], pero su carrera se atascó.

Hay que entender que se encontró con un éxito enorme [Too many goodbyes] cuando no había actuado ante un público en su vida. Se metió en un circo para el que no estaba preparado. Especialmente en Estados Unidos, le exprimieron hasta la última gota. Así que cayó en muchas tentaciones y se quemó. No le ayudaron mucho algunas jugadas de Yoko.

¿Por ejemplo?

En 1998, Julian anunció la edición de su disco de reaparición [Photograph smile], el primero en una compañía independiente. Era muy importante para él, podía volver a situarse como alguien con cosas que contar. De repente, salió en la misma fecha, con todos los recursos de la multinacional que tiene a los Beatles, el primer disco de su hermanastro, Sean. Y toda la atención de los medios se desplazó al trabajo de Sean. ¿Tan urgente era sacarlo que no importaba oscurecer lo que hacía Julian? Resulta que Sean ha tardado ¡ocho años!, en publicar otro CD.

Hay muchos discos en esta casa, pero Cynthia no sigue la actualidad musical. Descubro que nada sabe de un dúo llamado los Pet Shop Boys –“¿es un grupo… cómico?”–. Ignora que el último disco de los Chicos de la Tienda de Mascotas, Fundamental, tiene su cumbre en I made my excuses and left: la crónica de alguien que entra en una habitación y ve a su amor bajo el hechizo de otra persona. Alguien tan inglés que traga saliva, se disculpa y se marcha. Está basada, según confesión de Neil Tennant, su autor, en un memorable pasaje de John: ella vuelve a casa tras unas vacaciones y se encuentra con John Lennon y Yoko Ono en comunión espiritual, ajenos a todo. La noticia de la existencia de la canción conmueve a Cynthia, que apunta los datos para localizarla mientras intenta reprimir las lágrimas.

“He aguantado a periodistas que me acusan de seguir aprovechándome de John. A veces, yo misma pienso que desperdicio mi tiempo al escribir estos

libros, en vez de concentrarme en mi poesía y en mis dibujos, que me dan más satisfacción. Pero he optado por ser sincera: en John cuento mis negocios fracasados, mis relaciones amorosas menos felices. Yo no me humillaría por dinero: mi marido tiene negocios en Barbados, nos va bien. Pero no puedo renunciar a mi pasado. Formo parte de una de las historias más emocionantes del siglo XX. Y estoy orgullosa de proclamarlo las veces que sea necesario. Ahora, el libro va a salir en China. Si me lo permite la salud, allí iré a contarles mis aventuras”.

‘John’, de Cynthia Lennon, ha sido editado por Robinbook.

Miradas humanas

por Salvador Mendiola

Cuando dos miradas humanas se encuentran de cierta manera noble, los resultados de ese encuentro hacen cambiar el sentido de la historia.
Eso ocurrió hace más de siete siglos, cuando, en un puente de Florencia, se cruzaron las miradas de Dante y Beatriz. Lo mismo sucedió cuando se cruzaron de tal modo sublime las miradas de Hernán Cortés y Doña Marina, justo al inicio de la conquista de México.
Son miradas que congenian para darle sentido a la historia.
John Lennon y Yoko Ono se vieron de tal manera la tarde del miércoles 9 de noviembre de 1966.
Cuando se encontraron en la Galería Indica de Londres, donde ella abriría al público una importante exhibición de cosas y pinturas inconclusas al día siguiente. Todo lo planeó John Dunbar, propietario de la galería y amigo de John, interesado en que el beatle millonario financiara las creaciones de esta importante artista conceptual residente en Nueva York.
Loco amor surrealista.
Se sabe que Yoko recibió a Lennon dándole una tarjeta que tenía escrita la palabra: "Respira".
Luego él subió por una escalera de madera blanca para leer con una lupa en una tela negra pegada al techo un letrerito que decía: "Sí".
También había una manzana con un letrero que decía: "Manzana". Lennon preguntó cuánto costaba esa obra y Dunbar le dijo que su precio era de 200 dólares. A Lennon esa respuesta le pareció un chiste.
Por eso cuando llegaron donde había una tabla blanca en la pared y cerca de ella una mesa blanca con unos clavos y un martillo también de color blanco y un letrero que ahora decía; "Clávalos", el beatle le preguntó a Yoko cuánto dinero le costaría clavar uno en la tabla. Ella le dijo que eso costaba nada más cinco chelines. A lo que Lennon respondió: "Pues entonces ten cinco chelines imaginarios, porque ya clavé allí un clavo imaginario." Y realizó la mímica de darle las cinco monedas en la mano a Ono.
El juego de miradas y sonrisas entre ambas personas ese día ya ha hecho cambiar de muchas maneras nuestra sociocultura. Vale la pena recordar ese importante comienzo. Cuando John y Yoko se vieron por vez primera a los ojos hace 40 años.
Los resultados ya llegan mucho más allá del cuadro del amor y los negocios, también más allá del orden y el desorden establecidos. Son resultados poéticos. Resultados trascendentes. Belleza artística. Lo sublime.
Poco después de un año de esa primera vez que se miraron de tal manera, John y Yoko se convirtieron en amantes y comenzaron a producir importantes acciones (est)éticas de vanguardia, como la portada y la música del disco Dos Vírgenes en donde aparecen desnudos por detrás y por delante, sin nada que ocultar. Dos almas nobles.
Luego vinieron las acciones en la cama contra la guerra de Vietnam y las acciones de embolsamiento para manifestar la invisibilidad política de las mujeres.
Con todo lo que vino después...
El alcoholismo de Lennon. Los agarrones neuróticos que los condujeron a separarse en forma brusca por un rato. Más el gran reencuentro y la decisión de superar todas las dificultades que impone el ser una pareja burguesa. Para convertirse en la ya para siempre muy rara comuna de John y Yoko: un dispositivo metafamiliar para conseguir que Lennon dejara de ser un beatle y se convirtiera en un hombre feliz, centrado en la educación directa de su hijo Sean.
Otro cambio: como acto radical feminista, Lennon fue el primer personaje público que eligió tener como primer apellido el de su esposa, se convirtió en John Winston Ono Lennon. Y probablemente el feminismo sea lo más radical del aporte Ono-Lennon. El modo feminista como convivieron. Quizás eso sea lo que enojó tanto al criminal que en 1980 baleó a Lennon a la entrada del edifico Dakota. Que John fuera por voluntad propia e inteligente un "mandilón" de Yoko.
La misma Yoko Ono que desde esa nefasta noche se ha convertido en ejemplo de sublime grandeza de alma. Por el modo como lleva el duelo interminable por él, su amigo, su cómplice, su amante y esposo y más y más.
Yoko Ono, la mujer que separó a los Beatles para que de verdad tuvieran sentido en la historia. Yoko Ono, la compañera del mártir de la sociedad del espectáculo. Yoko Ono, la sabia artista conceptual que supo atrapar la inteligencia y el deseo de ese joven poeta del rock. Que, así, con el impulso de esa mirada produjo obras de arte inmenso, duradero, obras de verdad significativas.

Jueves, 16 de noviembre de 2006

John Lennon fue un terrorista

por Carlos Tena
REBELION.ORG

El documental que en España se titulará EEUU contra John Lennon, sobre la década (1966-1976) que marcó la etapa más antibelicista del ex Beatle, dicen que conmovió en el último Festival Internacional de Cine de Venecia, donde fue recibido con calurosos aplausos y algunas lágrimas. Mira por dónde, un amigo del alma me trae a Cuba una copia pirata en DVD del documental de David Leaf y John Scheinfeld, que se exhibió en calidad de estreno mundial en la sección Horizontes. Un trabajo impecable y muy bien montado que denuncia el acoso al que el Gobierno estadounidense sometió al carismático músico, cuando se trasladó a vivir a Estados Unidos, abrazando la causa pacifista y la defensa de los derechos civiles. El filme, cuya banda sonora está compuesta, como no podía ser de otra manera, por canciones de Lennon, algunas de ellas inéditas, denuncia que la administración del presidente Richard Nixon vigiló al músico, intervino sus líneas telefónicas e intentó deportarlo bajo el argumento de que el genio británico estaba siendo desleal con Estados Unidos.

“Queríamos mostrar lo que pasa cuando un gran artista tiene el coraje de desafiar al poder, cuando un hombre sin miedo lucha por la paz”, explicó David Leaf, uno de sus directores. “La película no está diseñada para comentar la situación actual, pero la comparación es inevitable”. Leaf recordó sobre todo el caso del grupo femenino de música country, The Dixie Chicks, boicoteado en numerosas radios de Estados Unidos luego de que una de sus integrantes criticara al actual presidente estadounidense, George W. Bush. “Después de los atentados del 11 de septiembre, cualquier ligero desacuerdo con el gobierno es considerado antipatriótico. Eso es exactamente lo que le pasó a Lennon”, explicó el director.

El documental se basa sobre todo en numerosos documentos, entre los que destacan su luna de miel con Yoko Ono en Montreal y Ámsterdam, donde estuvieron metidos una semana en la cama protestando contra la guerra de Vietnam, así como numerosas entrevistas de televisión en las que ambos mostraban su radical oposición a la violencia. EEUU contra John Lennon recoge, además, los testimonios de varios protagonistas de la época, ex activistas, ex funcionarios del gobierno y periodistas, así como de la viuda del músico asesinado en 1980, Yoko, quien permitió a los directores un acceso sin precedente al archivo privado de la pareja, con material audiovisual hasta hoy desconocido.

“El público se encontrará con una Yoko Ono nunca vista hasta ahora en público. Creo que para ella había llegado el momento de hablar de aquella época. Y, dados los trágicos sucesos de los últimos cinco años, consideró necesario que se hiciera esta película”, señaló Leaf, que hizo hincapié en el hecho de que John y Yoko eran la pareja más famosa del momento. “Usaron su fama para intentar construir un mundo mejor. Eso convierte en único lo que hicieron. Fueron muy valientes”.

Celebro mucho aquel estreno y la emoción que despertara en la première veneciana ya que, aunque la denuncia se haga con bastante retraso, habremos de entonar aquello de “más vale tarde que nunca”. Porque ya hace más de veinticinco años que lo sugerí en la desaparecida revista “La Calle”, que dirigía el entonces izquierdista (hoy derechón) César Alonso de los Ríos, y lo volví a recordar en el 2000 por medio de un artículo en el que se recogía parte de la tesis hoy mantenida por los dos documentalistas.

No es vana presunción, por favor (que uno aunque no tenga abuela, sabe de modestia y recato), es sana alegría por coincidir en los planteamientos de esta pareja de cineastas que han tenido la fortuna, el coraje y el valor de recopilar tanto material original e inédito, para gritarle al mundo (aunque no se demuestre de forma fehaciente) que el gobierno de EEUU asesinó a John Lennon de la manera más cinematográfica: utilizando a través del FBI a un pobre psicópata que se encargaría de descerrajar todo un cargador de pistola contra el autor de Imagine. No fue otra cosa el tal Mark Chapman: la mano ejecutora del ejecutivo yanqui. ¿O acaso a estas alturas alguien en su sano juicio duda de que Lee Harvey Oswald, el asesino de John F. Kennedy, era un pistolero pagado por el Federal Bureau of Investigation?.He aquí lo que escribí entonces y que hoy mantengo:

“El todopoderoso FBI ha hecho públicos unos informes secretos en los que revela que el ex Beatle John Lennon apoyó desde 1972 al Irish Republic Army, más conocido como IRA, enviando aportaciones económicas a personas y organizaciones civiles cercanas al movimiento de liberación de Irlanda del Norte.

Sin entrar a valorar la fiabilidad de la información (no hay que olvidar que la misma agencia mantuvo ocultos informes que relacionaban a ese mismo departamento con el asesinato de John Kennedy), la pregunta que surge de inmediato es por qué salen a la luz dichas denuncias el año en que se conmemora el 20º aniversario del asesinato del Beatle, y mientras las conversaciones en el proceso de paz de Irlanda del Norte atraviesan un impasse inquietante.

¿Acaso quiere el FBI que la imagen de Lennon se distorsione para la historia y para sus fans, de tal forma que el ídolo pase de héroe a villano? ¿Quién o quiénes están interesados en meter en la cloaca de la sospecha terrorista al creador de temas como Working Class Heroe, Revolution, Woman is the Nigger of the World, etc.? ¿Tal vez para oscurecer los posibles conciertos y celebraciones del 8 de diciembre de 2000, día en el que un nunca investigado Mark Chapman descerrajó cinco balazos en el cuerpo de John?

Las teorías sobre el asesinato de Lennon jamás merecieron una investigación a fondo. Ni siquiera su viuda, Yoko Ono, quiso gastar ni un solo dólar en una labor que sabía de antemano iba a ser torpedeada desde instancias inalcanzables para ella. Habría de esperar a que Oliver Stone obtuviera el permiso correspondiente para abrir la Caja de Pandora que se oculta en todos los despachos del FBI, y comenzara el rodaje de JWL (John Winston Lennon) donde quedaría demostrado, como en JFK, que el magnicidio de Dallas no fue obra de un procastrista norteamericano. O sea, que el Beatlecidio no fue mera casualidad.

Desde muy jóvenes, tanto John como el hoy flamante Sir Paul Mac Cartney, no ocultaron sus simpatías por los movimientos de liberación del territorio de Irlanda del Norte (explícitamente demostrado en temas como Get Back Ireland to the Irish o Sunday, Bloody Sunday), pero de ahí a afirmar que financiaban las acciones del IRA hay un enorme abismo, tan grande como la intención de acabar de una vez con la leyenda del John Lennon paficista a ultranza, soñador e idealista.

Tal vez al FBI no le convenga recordar que en 1916 el Gobierno británico condenó a muerte a Eamon de Valera, posteriormente primer ministro de Irlanda hasta 1959 y Presidente de la República ese mismo año, o que actores como John Wayne, Maureen O’Hara o directores como John Ford (todos de ascendencia irlandesa), simpatizaban abiertamente con la causa republicana aportando miles de dólares a sus fines. Pero, naturalmente, los protagonistas de la película El Hombre Tranquilo no debían ser investigados”. (Fin del artículo)

Hace veintiséis años, John era un personaje desleal en las listas negras del Gobierno de USA. Hoy, de haber sobrevivido, estaría en las de peligrosos terroristas. Porque defendía la paz, porque apoyaba a los trabajadores, porque combatía contra la injusticia, porque denunciaba las bestialidades yanquis en Vietnam, porque comprendió la lucha de Irlanda del Norte por su total independencia, porque le gritó al mundo que aun faltan muchas Revoluciones.

Cada vez que escucho a Bush lanzando el epíteto a diestra y siniestra, como a su colegas intelectuales (es un decir), para definir la lucha de la guerrilla en Latinoamérica, a los militantes de Hezbolá, al pueblo palestino, a cualquier ciudadano vasco simpatizante de la independencia, a los corsos que sólo quieren serlo, a la resistencia iraquí, a los Cinco Héroes cubanos prisioneros en cárceles de USA, precisamente por ser antiterroristas, etc., pienso en cómo aquellos mandatarios, con el silencio cómplice de muchos gobiernos de la Comunidad Levinsky (o sea, la europea) se pasan la vida protegiendo a “demócratas” como Luis Posada Carriles, Orlando Bosch, Santiago Alvarez, Pedro García Remón, Tony Blair o Silvio Berlusconi, sin que les asome un mínimo rubor en las mejillas.

Por eso afirmo que, en este estado de cosas, John Lennon era un terrorista. Y yo también. A mucha honra.

Beatles colateral

por Conrado Roche Reyes

Fue durante la filmación de “Help” cuando John Lennon y George Harrison, junto con sus parejas Cynthia y Patie, que sin quererlo, dieron un salto al futuro. George había trabado amistad con el dentista que atendía a los Beatles. Los arreglos dentales habían pasado a ser una preocupación fundamental para los Beatles, ya que ellos eran los artistas más frecuentemente fotografiados de su época. Dicho dentista estaba haciendo un excelente negocio con los cuatro Beatles y sus esposas. Vivía en una hermosa casa con su novia, una rubia curvilínea que había sido conejita de Playboy. Los Beatles consideraban al dentista como un gran juerguista, y desconfiaban de su deseo de tener trato social con ellos, pero tras mucha insistencia, George y John aceptaron una invitación para cenar en su casa. Los cuatro invitados recuerdan haber visto los terrones de azúcar pulcramente alineados sobre la repisa de la chimenea tan pronto como llegaron, pero nadie los mencionó jamás. Mientras cenaban, la conversación giró en torno al sexo y a cierto norteamericano, Timothy Leary, a quien ninguno de los invitados conocía excepto John, apenas superficialmente había oído hablar de una nueva y temible droga llamada LSD. Ya servida la cena, y sin explicar el significado de lo que hacía, el dentista puso ritualmente un terrón de azúcar en cada taza de café que sirvió. Cuando Patie se mostró reacia a terminar el suyo, el doctor insistió en que se acabara hasta la última gota.
Una vez bebido todo el café, se retiraron a la sala y el dentista les explicó lo que acababa de hacer. Cynthia y Patie se aterrorizaron, no porque comprendieran todavía los efectos del LSD, sino porque les dio la impresión de que se trataba de un afrodisiaco y que sobrevendría una especie de orgía. De inmediato George, John y las muchachas se disculparon para irse. El dentista insistió que se quedaran quietos y calmados; no estarían seguros en la calle cuando se afirmaran los efectos de la droga. Pero los Beatles fueron inexorables en cuanto a marcharse; en unos instantes se despidieron y se dirigieron a la puerta. El dentista, preocupado por la seguridad de los jóvenes, los siguió con su amiga. Los dos Beatles y las mujeres se pretujaron en el pequeño carro de George. Como el dentista dijo que los seguiría en su propio coche donde quiera que fuesen, George condujo por las calles de Londres a vertiginosa velocidad, tratando de perderlo de vista. El dentista logró seguirlos de cerca, hasta que llegaron a un club nocturno con música. Entraron seguidos de cerca por el odontólogo. Fue allí en donde comenzaron a suceder cosas extrañas. El salón parecía más grande, más largo; las luces oscuras, bolas de fuego. La gente, que en torno a ellos los observaba, pareció henchirse y palpitar, poniéndolos tan incómodos, que decidieron marcharse. Siempre seguidos por el dentista, que les aconsejaba volver a su casa con él. Las dos parejas se encaminaron al “Ad lib”, donde esperaban que el ambiente y las caras más familiares los calmarían. En el trayecto, hubo que convencer a Patie, quien tuvo una inexplicable compulsión de romper todos los escaparates de la calle. Estacionaron el auto a las puertas del club, pero en vez de la pequeña marquesina, vieron algo que al principio les pareció un estreno cinematográfico y cientos de admiradores que gritaban. Era sólo una luz común cuando se acercaron. “Qué está pasando aquí”, dijo John. Cuando finalmente subieron al ascensor, pensaron que había un incendio. Era tan sólo una lucecita roja. Todos gritaban, estaban acalorados e histéricos. Cuando el ascensor se detuvo, estaban en una discoteca. Los cuatro estaban gritando. Allí los alcanzó el dentista y se sentó en su mesa. Se transformó en un cerdo. De algún modo lograron salir del club, dejando atrás al dentista. George los llevó a su casa. Se tardaron horas en hacer un viaje de cuarenta minutos porque George no podía conducir a más de 15 kms. Por hora. Sentada atrás, Cynthia trató de vomitar metiéndose los dedos en la boca. John no podía dejar de hablar. Patie asustada y claustrofóbica en el pequeño auto, suplicaba que se detuvieran y se sentaran en un campo abierto tranquilo junto a la carretera. John no cesaba de reír y repetir “No podemos jugar fútbol ahora Patie”.
Cuando llegaron a casa de George, cerraron con llave el portón, la puerta y todas las ventanas. Harrison tomó su guitarra y se puso a tocar, asombrado al ver que las notas brotaban del instrumento como láminas de plástico de color. John hacía dibujos. Uno de ellos fue la cara de los cuatro Beatles diciendo: “Estamos todos de acuerdo contigo”. Lennon contó después, que la casa de George parecía ser igual a un gran submarino y que él lo piloteaba. Las mujeres tampoco tenían alucinaciones dichosas. Patie estaba convencida de que la habían alterado permanentemente y jamás volvería a ser la misma. Cynthia trataba de pensar lógicamente lo que les estaba ocurriendo. Unía piezas del terrón de azúcar y Timothy Leary. Tenía la esperanza de librarse de aquel horror, de ponerle fin, porque también le afectaba la terrible convicción de que lo que le estaba pasando era irreversible. Y así permanecieron toda la noche despiertos en aquella vorágine de confusión, hasta que lenta, lentamente, todo pareció extinguirse. Los colores se esfumaron y cayeron dormidos más exhaustos que nunca en su vida.
Si es verdad que el diablo existe, él fue quien inventó el ácido lisérgico. Esto lo afirmo yo.


viernes, 10 de noviembre de 2006